Entrevista a
Fernando A. Navarro, médico especialista, traductor médico en los
Laboratorios Roche de Basilea (Suiza) y miembro de la comisión de
traducciones de la Academia Norteamericana de la Lengua Española.
Noviembre del 2000.
1. En el ámbito de la traducción profesional eres
mencionado como "el médico-traductor del momento", y tu Diccionario
crítico de dudas inglés-español de medicina se vende como pan
caliente en dos continentes. ¿Esperabas este éxito editorial?
¿Cuáles eran tus objetivos y expectativas con respecto al diccionario?
El número de ejemplares vendidos no me quita el sueño,
pero sí esperaba, desde luego, que los traductores científicos,
conocedores como nadie de los aciertos y las carencias de los diccionarios
médicos al uso, habrían de reconocer rápidamente qué aporta de
novedoso este diccionario.
Comprendo que editores y libreros se interesen por el
éxito de ventas, pero a mí, como autor, me preocupa mucho más la
acogida por parte de la crítica y la reacción de los lectores. Desde muy
pronto tuve claros los cuatro objetivos primordiales que perseguía con el
diccionario, y cuya consecución, en definitiva, habría de marcar el
grado de éxito o fracaso de mi empresa.
El primero de ellos estaba en la raíz misma del
proyecto: elaborar un diccionario de dudas para ayudar a los traductores
recién llegados a la traducción médica. Todos hemos sido alguna vez
traductores pardillos. En mi caso, recuerdo todavía perfectamente la
angustia que me producía al comienzo –allá por 1988– toparme a
diario con un montón de dudas para las que no hallaba respuesta en
ningún libro de consulta. Ni los textos de medicina, ni los diccionarios
médicos –monolingües o bilingües–, ni tampoco los diccionarios
generales de uso del español o los libros de ortografía y gramática me
servían para saber si era preferible escribir "vírico" o
"viral", "iatrogenia" o "yatrogenia", o
cuál era el mejor modo de traducir expresiones como oxidative stress o
anion gap. Cada una de estas dudas me llevaba –supongo que como a
muchos otros traductores antes y después de mí– días enteros de
consulta en la biblioteca del hospital, cuyos resultados resumía en
escuetas notas que empecé a coleccionar en mi ordenador. Algunos años
después supe que prácticamente todos los traductores médicos veteranos
habían elaborado de forma parecida un fichero personal de grandísima
utilidad, pero que salvo raras excepciones jamás publicaban ni ponían a
disposición de otros colegas. Me hice entonces la promesa de publicar
todo cuanto fuera aprendiendo y pudiera ser útil a quienes vinieran
detrás de mí. Que este primer objetivo lo he logrado con el diccionario
crítico de dudas lo sé por las cartas y mensajes electrónicos que
recibo de traductores médicos europeos y americanos que me explican cómo
el diccionario les ha solucionado tal o cual duda que tenían desde hace
años.
El segundo objetivo obedece también a un deseo muy
íntimo, si bien un tanto malvado: conseguir para los traductores de habla
hispana una obra que envidien nuestros colegas de otros idiomas. Cuando
deseo consultar un diccionario médico excelente, debo acudir al Dorland’s
illustrated medical dictionary; durante mucho tiempo he traducido del
inglés al español con ayuda del diccionario médico inglés-francés de
Gladstone; no hay mejor diccionario enciclopédico de química en el mundo
que el exhaustivo Römpp Lexikon Chemie alemán en 6 tomos, y si he
de buscar los orígenes etimológicos de algún término médico, tengo
por fuerza que acudir al diccionario italiano de Marcovecchio. Durante
años me desesperé preguntándome: ¿por qué tiene que ser así?; ¿por
qué los mejores libros se publican siempre en otros idiomas y nunca en
español? Desde mayo, cada vez que un colega de lengua materna italiana,
alemana, portuguesa, francesa o inglesa me ha confesado que es una
lástima que no exista un diccionario como el mío en su idioma, he
sentido algo así como una espinita que me sacaban del corazón.
El tercero de mis objetivos era también muy ambicioso:
conseguir una obra sin igual en el panorama lexicográfico. Tan harto
estaba de los diccionarios médicos al uso –con cien mil entradas del
tipo "choledococystoduodenostomy es
coledococistoduodenostomía" y "hydroaminocyclohexane es
hidroaminociclohexano", pero en los que uno nunca encuentra lo que
busca, o lo encuentra mal traducido–, que quise hacer algo original,
nuevo, sin parangón. Una de las mayores satisfacciones que he obtenido
fue comprobar cómo el alemán Günther Haensch, autor del estudio más
extenso sobre los diccionarios en español, reconocía hace unos meses que
mi diccionario "representa, desde el punto de vista de la
clasificación de diccionarios, un nuevo tipo".
El cuarto y último de mis objetivos iniciales es el
único que aún no he visto cumplido, ni espero verlo –a buen seguro–
en varios años, si es que llega a cumplirse alguna vez. Cuando en un
idioma se publica un diccionario novedoso, es frecuente observar un efecto
de arrastre que lleva a la aparición posterior de otras obras de esquema
semejante. Pudo comprobarse, por ejemplo, en la eclosión de diccionarios
de dudas del español tras la publicación del de Seco o en la influencia
que el diccionario de Moliner ha ejercido sobre los actuales diccionarios
de uso del español. En lo que respecta a los diccionarios bilingües de
dudas, tenemos ya este mío de medicina, sí, pero seguimos necesitando
como agua de mayo otro de derecho, y de microbiología, y de informática,
y de química, y de biología molecular, y de botánica, y de tantas y
tantas disciplinas más.
2. Sabemos ya cómo surgió la idea de un
diccionario inglés-español de dudas de medicina. ¿Cuál fue el
método de trabajo utilizado? ¿Cuánto tiempo llevó recopilar tanta
información?
Mis conocimientos sobre lexicografía científica son
más bien escasillos, así que es de suponer que todo el diccionario sea,
desde el punto de vista lexicográfico, un pequeño gran disparate. Uno
encuentra en él, por ejemplo, palabras como European, day, accidental
killing o philosophy, que en propiedad no deberían tener
cabida en un diccionario médico; y la estructura interna de las entradas
es también de lo más dispar. Lo cierto es que nunca pretendí elaborar
una obra capaz de asombrar por su perfección conceptual a los teóricos y
eruditos de la universidad, sino un libro útil y práctico para los
traductores profesionales. El método de trabajo, pues, fue también
eminentemente práctico: se trataba de reunir en los textos médicos
cuantas palabras y expresiones inglesas me plantearan dudas, y explicar al
lector de forma sucinta y clara lo que yo hubiera querido que alguien me
explicara a mí la primera vez que hube de traducir tales expresiones.
En cuanto al tiempo que ello me llevó, empecé a
recopilar información de modo sistemático, para preparar breves
glosarios de "falsos amigos", en 1990; pero no comencé con la
elaboración del diccionario propiamente dicha hasta 1997. Podemos estar
hablando, pues, de unos diez años de recopilación de datos y tres años
de intensa labor de redacción y estructuración del diccionario.
3. En 1997, la Fundación Esteve editó la
monografía titulada Traducción y lenguaje en medicina, en la
que analizas los problemas de la traducción de textos científicos.
¿Cómo se originó esta monografía? ¿Qué motivó a la fundación a
apartarse de sus temas habituales y publicar esta verdadera joya para
los traductores? ¿Tienes intención de recopilar alguna vez todos tus
escritos y publicarlos en… varios tomos?
La idea de la monografía partió de la propia
Fundación; fueron Sergi Erill y Fèlix Bosch quienes me propusieron
recopilar una docena de los artículos sobre lenguaje médico que había
publicado en la revista Medicina Clínica de Barcelona. La
Fundación Dr. Antonio Esteve persigue fomentar el avance de la
farmacología y la terapéutica a través de la comunicación científica.
Es cierto, pues, que esta monografía se apartaba un tanto de la línea
editorial seguida por la Fundación hasta entonces, pero tampoco debemos
olvidar que, debido a mi formación como farmacólogo clínico, en la
mayoría de aquellos artículos trataba de forma preferente los problemas
del lenguaje especializado de la farmacología. Sea como fuere, el caso es
que Erill y Bosch no se equivocaron, y esta monografia fue un éxito desde
el primer día: agotada la tirada completa en menos de tres meses, la
monografía fue objeto de una segunda edición ese mismo año, que
también se agotó. El pasado mes de enero, la Fundación ha reeditado
nuevamente la obra, ya por última vez.
Me hace gracia, Cristina, lo de recopilar todos los
escritos: eso es cosa más bien del final de una obra y una vida, ¿no
crees?, y yo estoy como quien dice empezando. Estaría bueno que a mi
edad, y con cuatro escritos mal pergeñados a mis espaldas, me pusiera ya
a pensar en compilar unas ridículas Obras completas.
4. Tú eres médico y traductor. ¿Cuáles son los
motivos que llevan a un médico a dedicarse a esta profesión?
No sé cuáles puedan ser los motivos que han llevado a
otros médicos a la traducción, pero en mi caso particular fue una
historia de amor. Y como todas las historias de amor, esta mía es
compleja, enrevesada y muy larga de explicar. Todo empezó, como sucede a
veces con las grandes pasiones, de forma nada romántica: con 28 años,
dos hijos y el sueldo raquítico de un médico residente, necesitaba de
ingresos adicionales para llegar a fin de mes; y la traducción me los
proporcionaba. Esta relación puramente comercial se transformó
rápidamente, primero en un sentimiento de gusto y cariño que hizo de la
traducción mi hobby o afición preferida; más tarde, en pasión
desbordada y absorbente por todo lo relacionado con las palabras, los
idiomas y el lenguaje especializado de la medicina. En 1992, una
circunstancia imprevista me abrió de modo sorpresivo la posibilidad de
hacer algo que hasta entonces ni siquiera en sueños había contemplado:
arrojar por la borda más de diez años de formación médica y un futuro
halagüeño en España como médico especialista para consagrarme por
entero a la traducción científica y autoexiliarme en un país, Suiza, al
que nada me unía y del que entonces no conocía ni tan siquiera el
idioma. Locuras como ésta, claro, sólo las explica –y a duras penas–
la pasión, pero son también las que hacen a la vida tan hermosa como es.
5. Hay muchos médicos que se oponen a que los
traductores sin formación
profesional en el campo de la medicina realicen traducciones médicas.
Por otra parte, muchos traductores opinan que los médicos no pueden
traducir porque no manejan correctamente el idioma. ¿Existe un justo
medio?
Cada vez que lo oigo, y es prácticamente siempre que se
plantea esta cuestión, me hace mucha gracia eso de que los médicos no
saben escribir. Es como si yo dijera que los abogados no saben paladear un
buen vino o los traductores no saben tocar música. Supongo que entre los
traductores habrá algunos que no distinguen una nota de la siguiente y
otros que tocan un instrumento como los mismísimos ángeles. De lo
contrario, sería una verdadera lástima que autores como John Keats, Pío
Baroja, Oliver Sacks, Antón Chéjov, William Somerset Maugham,
Louis-Ferdinand Céline, Mariano Azuela, Arthur Conan Doyle, Rafael Campos
o William Carlos Williams no hubieran sabido escribir mejor, pues todos
ellos eran médicos.
Está claro que si un médico no se ha preocupado jamás
por el lenguaje ni muestra sensibilidad alguna por las cuestiones de
estilo, producirá textos de lectura torpe, pesada e incómoda, pero lo
mismo podríamos decir de cualquier otra profesión, incluida la de
traductor. Entre los médicos, como entre los traductores, los hay que
escriben francamente bien y los hay que escriben francamente mal.
En cualquier caso, la solución óptima parece clara: el
traductor médico debería ser un médico que escriba bien o un traductor
con buen dominio de los textos médicos y el lenguaje especializado de la
medicina. Entre los traductores médicos profesionales que conozco, muchos
somos licenciados en medicina, muchos otros son licenciados en
traducción, y muchos más no han estudiado ninguna de esas dos carreras
(los hay químicos, filólogos, farmacéuticos, biólogos, terminólogos,
abogados, etc.). Lo que sí tengo claro es que de las traducciones
médicas deberían ocuparse los traductores médicos, y no sucede así en
la actualidad.
6. ¿Qué es para ti un "traductor médico"?
¿Cuál es la formación adicional necesaria para que un traductor
profesional pueda dedicarse a la traducción médica? ¿Existen
programas de formación? ¿Te interesa la docencia?
¿Qué es un traductor médico? Más sencillo y más
fácil de entender me parece definir lo que no es un traductor médico. No
lo es, desde luego, quien traduce hoy un texto periodístico, mañana uno
económico, pasado mañana otro jurídico, la semana que viene un anuncio
de televisión, y de paso el protocolo de un estudio de investigación
sobre nuevos inmunosupresores para prevenir el rechazo en el trasplante
hepático (y todo esto del inglés al español, pero también del español
al inglés y del alemán al italiano). Tampoco es para mí traductor
médico, por supuesto, el médico que acude por las mañanas al hospital,
por la tarde pasa consulta privada los días pares y opera en el
quirófano los impares, imparte además tres horas semanales de clases en
la facultad de medicina, y los fines de semana se saca por las noches unos
cuartos traduciendo.
Considero que la traducción médica es una modalidad de
traducción muy compleja, que exige del traductor una formación adecuada
y dedicación exclusiva. Hoy se impone, para el traductor como para muchos
profesionales más - entre otros, los propios médicos- , la
especialización. Y al traductor profesional especializado en los textos
médicos –ya provenga de la medicina, de la traducción o de otras
disciplinas del saber– es a lo que yo llamo "traductor médico".
Lo que pido para la traducción médica no es, en definitiva, más de lo
que han conseguido ya videocámaras y lavadoras; cuando éstas se
estropean, nadie envía las primeras al electricista ni las segundas al
fontanero: en uno y otro caso se solicita el concurso del técnico
especialista. ¿Son acaso los textos médicos menos complejos que una
lavadora?
El problema de la formación no está resuelto aún, al
menos para la traducción médica al español. Al aspirante a traductor
médico se le ofrecen dos vías básicas de especialización: la
formación autodidacta en el propio mercado laboral (como tuvimos que
hacer todos los que hoy estamos aquí) o asistir durante un año a un
curso monográfico de especialización en traducción médica, como los
que se están impartiendo ya en Inglaterra y Francia. En España, que yo
sepa, ninguna universidad ofrece tales cursos, y la situación en
Hispanoamérica –que, por pillarme más lejos, desconozco– dudo que
sea muy distinta a la española. En mi opinión, la organización de
cursos de este tipo con la calidad suficiente es, sin duda, uno de los
desafíos que se les presenta a las facultades de traducción en el mundo
de habla hispana. Y es de suponer que si ellas no lo afrontan, lo hagan en
su lugar las facultades de medicina, que podrían muy bien convertir la
traducción y el lenguaje médicos en una nueva especialidad de la
medicina, como se hizo ya en España hace una generación con la historia
de la medicina.
En cuanto al interés por la docencia, más que
interesarme confluyen en mi caso dos factores que me inducen quieras que
no a ella. Está, por un lado, esa pasión que he admitido antes por los
entresijos del lenguaje médico en todos sus aspectos; ¿qué verdadero
enamorado se cansaría jamás de hablar sobre el objeto de su pasión?
Pues de igual manera no me canso nunca de explicar a quien me aguante lo
hermosísimo y lo apasionante que puede llegar a ser el estudio de un
lenguaje especializado que, como el de la medicina, cuenta con nada menos
que veinticinco siglos de historia a sus espaldas. Por otro lado, de mis
primeros años como traductor médico aficionado data no sólo ese
compromiso ya mencionado de compartir cuanto fuera aprendiendo, sino
también otra solemne promesa íntima que me hice entonces: atender
siempre a quien acudiera a mí y jamás decir que no a quien me pidiera
ayuda o consejo, a menos que me fuera materialmente imposible darlos.
Sólo así se explica que, a pesar de la timidez que comparto con muchos
otros traductores, haya aceptado cuanta invitación me han hecho para
acudir a las aulas a impartir charlas, conferencias o seminarios
prácticos sobre traducción médica.
7. Cuando evalúas una traducción médica, ¿qué
consideras más importante, la precisión de los conceptos médicos o
la corrección lingüística?
Las tres características esenciales de cualquier texto
científico, ya sea éste original o traducido, deben ser la veracidad (lo
escrito no debe ser falso), la precisión (lo escrito debe tener una
única interpretación posible) y la claridad (el texto no debe ser
incomprensible, pesado ni farragoso). La veracidad exige haber comprendido
el texto original o, lo que es lo mismo, estar familiarizado con la lengua
de partida y la disciplina científica de que se trate. La precisión
exige conocer a fondo la terminología especializada en la lengua de
destino. La claridad, por último, exige un dominio notable de los
recursos léxicos, sintácticos y estilísticos de tipo general en la
lengua de destino. Todo ello debería pedírsele al traductor médico
profesional (siempre y cuando, por supuesto, los plazos fueran razonables
y el pago acorde al grado de dificultad de la tarea, pero eso es ya otra
historia...).
8. ¿Cuál es la influencia de la traducción sobre
las publicaciones médicas en lengua española y por ende en el
lenguaje médico español actual?
Nos guste o no, lo cierto es que hoy las publicaciones
médicas en lengua española son en buena medida el resultado de un
proceso de traducción a partir del inglés. No es sólo que la cuarta
parte de los libros de medicina editados en España e Hispanoamérica
correspondan a traducciones de obras extranjeras; se trata, sobre todo, de
que los principales libros de texto en español y los artículos médicos
que publican nuestras revistas incorporan más de un 80% de las
referencias bibliográficas en inglés. Debemos aceptar, pues, que la
traducción es en la actualidad el principal motor del lenguaje médico
español, incapaz de alimentarse a sí mismo a partir de una ciencia
secundaria y dependiente como la que caracteriza a nuestros países.
En este sentido, es increíble la suerte que me deparó
mi llegada impremeditada y fortuita al mundo de la traducción. Entonces
no podía ni sospecharlo, pero hoy sé bien que al traductor se le abren
posibilidades de estudio y análisis del lenguaje médico vivo que los
grandes estudiosos del idioma en las universidades, las academias y las
asociaciones profesionales no pueden ni siquiera imaginar.
9. Eres uno de los fundadores de MedTrad, un foro
internético para profesionales de la traducción médica con sede en
eGroups. ¿Puedes contarnos cómo se creó y cuáles son sus alcances
y objetivos?
MedTrad nació en septiembre de 1999 por iniciativa de
Gustavo Silva, traductor médico en la sede de la Organización
Panamericana de la Salud en Washington. Su idea inicial, como tantas ideas
geniales, era, de puro sencilla, poco menos que perogrullesca: aprovechar
el correo electrónico para poner en contacto a un grupo de profesionales
dispersos en distintas ciudades del mundo y crear así un foro de ayuda
mutua en cuestiones de traducción médica. Quienes recibimos la propuesta
primera de Gustavo Silva aprovechamos nuestros contactos profesionales
para transformar en cuestión de días el puñado inicial de amiguetes en
un nutrido y valioso grupo internacional de medicina y traducción. Hoy
MedTrad (medtrad-owner@egroups.com)
está formado por más de un centenar de traductores médicos, redactores
científicos, terminólogos, correctores, investigadores científicos,
profesores universitarios y otros profesionales europeos y americanos
interesados por el lenguaje médico en español.
En mi opinión, los objetivos iniciales de MedTrad se
han cumplido con creces. No es sólo que cada consulta de uno de sus
miembros suscite en cuestión de horas un intercambio de opiniones al más
alto nivel, sino que todo se lleva a cabo con un espíritu de camaradería
y sentido del humor difícil de alcanzar en un mundillo tan individualista
como es el de la traducción.
10. MedTrad ha producido una de las mejores revistas
–o redvistas– sobre traducción médica del momento: Panace@.
Por el momento es una publicación de uso interno entre los miembros
del grupo. ¿Tienen planes de publicarla para el público en general?
Panace@ nació, incluso cuando
no era más que la idea de un proyecto, con vocación neta de difusión
fuera del grupo. Al ser MedTrad una lista de debate cerrada y de
afiliación restringida, cuyas deliberaciones no pueden seguirse desde el
exterior, la mayor parte de quienes se dedican ocasional o regularmente a
la traducción médica no pueden obtener provecho de la labor del grupo.
Nuestro boletín –de autoría colegiada y colectiva (carece de director,
redactor jefe ni nada por el estilo)– busca poner remedio a esto y
ofrecer a cuantos se interesan por el lenguaje médico en español lo más
destacado de lo debatido en el foro, artículos originales de calidad e
información de lo que se cuece y se publica en el mundo sobre la
traducción médica al español y el lenguaje científico en español. No
somos tan idiotas, claro está, como para proponernos editar la mejor
revista del mundo, pero sí una buena revista de medicina y traducción.
Para mediados de diciembre está prevista la aparición
del segundo número, que, como el primero, circulará por el momento de
forma restringida sólo entre medtraderos. La idea, no obstante, es que en
breve esté a disposición de los interesados en la página internética
de la Asociación Española de Terminología.
11. ¿Algún plan de actualización para el
diccionario de dudas? ¿Aparecerá "el Navarro" en
cederrón? ¿Te molesta que se lo conozca por ese nombre?
Toda mi vida he usado el Harrison, el Dorland, el
Farreras, el Moliner, el Seco, el Cardenal y el Stedman; ¿cómo va a
molestarme ahora que alguien llame "el Navarro" a un libro que
he escrito yo? Sí me molestaría, en cambio, y no tengo reparos en
admitirlo abiertamente, que lo llamaran "el Imbécil", "el
ladrillo infumable" o "el diccionario del chalado ése de Suiza".
Respecto a los planes de actualización, considero esta
primera edición, básicamente, como un borrador de carácter público.
Cada semana me llega, desde dentro y fuera de MedTrad, un buen puñado de
sugerencias, críticas y propuestas para corregir erratas, subsanar
errores y aumentar la información recogida en el diccionario. Así que
todas las noches, muy disciplinadito yo, me siento ante la pantalla del
ordenador para introducir nuevas entradas, mejorar la presentación de la
información y ampliar sustancialmente el contenido del diccionario. Todo,
por supuesto, enfocado a una nueva edición definitiva del Navarro, que
para mí será la última, porque no estoy dispuesto a pasarme toda la
vida ampliando y poniendo al día este diccionario.
Lo del cederrón lo veo más difícil. Ya en mi primera
carta a los editores para presentarles el proyecto, les indicaba la
conveniencia de editar el diccionario de dudas también en disco óptico
compacto, pues las obras de referencia son hoy impensables si uno no puede
trabajar con ellas en soporte informático. McGraw-Hill·Interamericana,
no obstante, decidió no sacar una edición electrónica por miedo al
pirateo indiscriminado de la obra –hoy por hoy ciertamente innegable–,
y no parece que a corto plazo los editores vayan a cambiar de opinión.
Parece ser, pues, que el mío seguirá siendo por bastante tiempo un
diccionario a la antigua usanza.
¡Gracias, Fernando!
Gracias a ti, Cristina, por aguantar estas
rolloelucubraciones mías sin pestañear.
_________________
Cristina Márquez Arroyo de
Camihort, traductora científico-técnica. Nacida en Buenos Aires,
reside actualmente en Nueva York donde trabaja en forma independiente
desde hace 17 años. Su dirección de correo electrónico es cma(at)trans-ar.com.